¿Cómo no haber sentido el Todo en todos?

Ahora, que ya declina el día,
cuando asoma en el rostro de mi cuerpo
el cansancio de las horas,
te doy mi gratitud, Fuente de Vida,
por todo el recorrido de los rostros;
por todos esos ojos, para mí tan inmensos y tan nuevos,
por donde yo también miré desde la aurora;
por esas palabras hondas, que sólo desde ti,
y a tu dictado,
yo dije,
me dije
y me dijeron.
¡Cuánta eternidad, en ellas y ellos…!
¿Cómo no haber sentido el Todo en todos?
Te doy mi gratitud, Fuente de Vida.
Ahora que declina el día…
R.R.

 

Música:  David Spillane – Caoineadh cu Chulainn

 

EL LLAMADO A SANAR….EL LLAMADO A LO FEMENINO

EL LLAMADO A SANAR, EL LLAMADO A LO FEMENINO
Cuando nuestras heridas de infancia permanecen no procesadas, cuando enterramos sentimientos dolorosos y vivimos como un «ser» falso en el mundo, no importa cuán exitosos o famosos o poderosos o «iluminados» seamos, esas heridas terminan dictando nuestro discurso y acciones desde su oscuro hogar, profundo en lo inconsciente. Y terminamos volviéndonos violentos, manipuladores y deshonestos hacia otros y hacia nosotros mismos.
¡El camino de sanar requerirá gran coraje! Se nos pedirá invitar a sentimientos horriblemente incómodos a volver a la luz del darse cuenta consciente.
Mientras sanamos, podemos sentirnos más vulnerables que nunca. Más inseguros que nunca. Más enojados que nunca. Más poderosos e impotentes, esperanzados y desesperados que nunca, a medida que el material insoportable finalmente se vuelve soportable en el campo de la Presencia. Pero ahora, por lo menos, estamos SINTIENDO estos sentimientos. Para que puedan ser conocidos, y reconocidos, y abrazados, y aceptados, y digeridos. Y ya no descargados contra los demás. No más expulsados inconscientemente al mundo.
No importa cuan «espiritual» o «libres» creamos que somos, no importa cuánto esfuerzo hayamos puesto en crear un falso «yo», no importa cuánto creamos que hemos trascendido nuestros problemas, simplemente ya no podemos ignorar más el llanto de nuestra humanidad. Nuestra sensibilidad, nuestros cuerpos y nuestros sentimientos, nuestras dudas, nuestra exquisita vulnerabilidad y la gloria de lo femenino – debemos honrar estas cosas ahora, más que nunca.
– Jeff Foster

 

CONSEGUIR LO QUE QUEREMOS.
Nos enseñan
que debemos luchar
para conseguir lo que queremos,
o merecerlo cuando lo tengamos.
Pero ¿qué queremos?
En el fondo,
no estamos buscando más ‘cosas’.
Estamos buscando un sentimiento.
Una sensación de finalización.
Una sensación de totalidad.
Una sensación de no buscar.
El final de la lucha en sí.
Buscamos un estado de satisfacción interior.
Eso no tiene nada que ver con los objetos.
O dinero, o logros, o metas
O “tener lo que queremos”.
Estamos buscando nuestra verdadera naturaleza.
Salvaje, abierta, entera y libre.
Al buscarlo, lo alejamos.
Al correr hacia él, nos perdemos
a nosotros mismos.
Envía tus ideas al éter
y descansa ahora, niño.
Sueña tus sueños y déjalos ir.
Sumérgete en el momento.
Encuentra lo completo en lo incompleto.
Sé feliz con tu maravillosa infelicidad.
Y descansa en tu inquietud.
Estar perfectamente inacabado.
Deja ir la historia de la «falta».
Deja ir la competencia y la dominación.
Deja ir ganar, perder, ser mejor.
Suelta el ‘dejar ir’.
Encuentra gratitud por lo que tienes.
Y presencia en el lugar donde te encuentres.
No necesitas manifestar nada
Para ser más feliz de lo que nunca soñaste.
Capitalismo, socialismo
El mundo material y el mundo espiritual
Rojo y azul, izquierda y derecha
Lo que tienes y lo que no tienes
Y todos los millones de opuestos.
Y todo lo que se ha escrito sobre la verdad.
Todas estas cosas colapsan en la simplicidad
y me pregunto
Aquí está la abundancia, entonces:
Tú, aquí, respirando,
Vivo en este Misterio.
Despierta a ti mismo.
-Jeff Foster-

 

¡MIS HERMANOS, PODEMOS SANAR!
Me gustaría confesar algo.
Soy un hombre tóxico.
Un narcisista. Hambriento de poder y controlador. Un egomaniaco.
Sí, sí. Soy Consciencia, el Ser Divino, La Luz Eterna, el prístino e impersonal Océano de Consciencia en el corazón de todos los Seres. Soy todo eso, sí. Namaste.
Pero, también quiero hacerme TOTALMENTE responsable de mi individual e imperfecta humanidad, mis defectos personales, mi condicionamiento de la infancia, mis patrones de relación destructivos e hirientes. Mi «gilipollas interno». Namaste.
Quiero ser parte de la solución, no del problema. Y sanar siempre comienza con una honestidad radical.
Así que, déjenme confesar: Soy un narcisista. Un narcisista completo, obsesionado conmigo mismo. Un abusador. Un maestro manipulador. Loco de ego.
O bien, ¡He visto estos patrones narcisistas emerger en mí y en mis relaciones cercanas a lo largo de los años! Y al traer estos programas infantiles tan profundamente grabados a la luz del Darse Cuenta, he sido capaz de comenzar el viaje hacia la comprensión, la sanación…y reescribirlos.
Así que, confieso: En mi dolor y vergüenza, en ocasiones, a lo largo de los años, he intentado controlar y manipular a mujeres. Mujeres que merecían algo mucho, mucho mejor. Las he juzgado. Las he desatendido emocionalmente. He intentado que calcen con mi imagen de «la mujer perfecta». Las he avergonzado, insultado, les he tomado el pelo y las he empequeñecido cuando no cumplían mis expectativas imposibles. Las he culpado por mi dolor. Las he hecho sentir culpables y pequeñas y equivocadas. Las he tratado de convencer de que eran ridículas e ilusas por pensar sus pensamientos y sentir sus muy válidos sentimientos. Les he mentido, escondido la verdad de ellas. He intentado hacerlas sentir que estaban locas, dudar de ellas mismas y sentirse impotentes, con el fin de poder controlarlas, mantenerlas adictas a mí, y evitarme los insoportables sentimientos de impotencia.
He controlado y dominado a mujeres para evitar intimidad real. En mi soledad y agitación interna, me he sentido con el derecho a tener su tiempo y energía, con el derecho a menospreciar sus necesidades, sus límites, sus sentimientos, he tomado su espacio psíquico y he hecho que todo se trate de MÍ. Me he hecho superior, un experto, el más especial, «el mejor», y he menospreciado sus preciosos mundos internos. Las he tratado como objetos a ser manipulados en lugar de tiernos, vulnerables, infinitamente valiosos seres a quienes escuchar, honrar, respetar y entregar seguridad emocional.
En el corazón de mi narcisismo había un terror a la intimidad, y profunda vergüenza y sensación de fracaso y de no ser digno, de lo que estaba mayormente inconsciente.
Mi padre me enseñó a ser un narcisista, a avergonzar a otros con el fin de evitar insoportables sentimientos de vergüenza, cómo juzgar a otros para evitar ser juzgado. Digo esto sin culpa ni malicia. Pero es la verdad. Interioricé las heridas emocionales de mi padre, sus ideas y creencias acerca de lo que significaba «ser un hombre», el lavado de cerebro que él recibió de sus padres. Cuando murió de Alzheimer, en dolor y confusión, pude ver su completa inocencia también. Su asustado niño interno. Su propio anhelo de amor, enterrado profundamente.
Y me gustaría confesar algo más.
Soy un co-dependiente. Soy un adicto al amor. Un complaciente crónico y un mártir del amor.
O al menos, he visto estos patrones en mí mismo a lo largo de los años.
En mi dolor y sentimiento de vacío, sin identidad, sin esperanza y sin significado en mi vida, he usado a mujeres para llenar mi vacío interno, para «repararme» y distraerme de mí mismo. He ignorado mis propias necesidades, mis propios sentimientos, mis propios deseos y pasiones, he reprimido mi ser auténtico y me he adaptado a lo que ELLAS querían que yo fuera. He actuado un papel, mentido y tomado un «falso yo» para ser amado y admirado y atendido. He dicho «sí» cuando quiero decir «no», y he dicho «no» cuando en realidad quería decir «sí».
He dejado inconscientemente que cada uno de mis límites sea violado, pisoteado, irrespetado, ignorado, para ganar y mantener el amor, evitar la vergüenza y el rechazo y el abandono.
Me he permitido ser abusado. He tolerado que me insulten, avergüencen, juzguen y ataquen. He permitido que mi apreciado espacio sea invadido, mis valores silenciados, mi dignidad pisoteada. Me he dejado dominar y abusar. He confundido los pensamientos de otros con los míos. Los sentimientos de otros con los propios. He reprimido mi verdadera voz, mi dolor, mi alegría, mi miedo y especialmente mi ira con el fin de ser «querido».
He permitido que otros pasen por encima de mis sentimientos, y he pretendido estar «bien» con eso.
No estaba «bien» con eso. Dentro, bramaba de ira. y suprimí la ira, y me enfermé y me deprimí.
Y por terror a ser visto como «malo», y para escapar de insoportables sentimientos de culpa, a veces me convertí en cuidador, en sanador, en terapeuta, en mediador, en salvador. Fui un «chico bueno» una «persona adorable». sin necesidad ni deseos propios. Confundí tener necesidades con «debilidad», sentirse enojado con «neurosis», y tener deseos con «enfermedad mental». Secretamente hervía de furia y resentimiento y cansancio dentro, pero escondí ese dolor, incluso de mí mismo, para mantener mis objetos de adicción cerca mío, y evitar mi propia vida, y evitar mi propia muerte.
He pretendido ser «desinteresado» para proteger al (no-existente) «yo». Imagínense.
Había algo narcisista en mi codependencia. Había algo codependiente en mi narcisismo. Ambos tenían sus raíces en el miedo: miedo a la muerte y la pérdida, a la nada y al vacío.
Ambos son dramas convincentes diseñados para evitarnos enfrentar nuestro dolor. Haríamos cualquier cosa para evitar el dolor.
Mi madre enseñó cómo ser complaciente, dios la bendiga. Lo digo sin culpa ni resentimiento. Pero es la verdad. Interioricé su culpabilidad, su necesidad de «hacer felices a todos» haciéndose infeliz a sí misma, su necesidad de silenciarse y deshonrarse a sí misma para atender los cambios de humor impredecibles de mi padre narcisista, los celos y la ira. Para protegerse a sí misma. Para mantenerse a salvo. Ahora comprendo que estaba haciendo lo mejor que podía, y utilizando la programación que aprendió de mi abuela, y tal vez cientos de generaciones de personas complacientes antes que ella. Estos patrones venenosos y auto-destructivos corren por generaciones.
Hasta que nos desmoronamos. Tuve que derrumbarme, llegar al punto del suicidio, romper con el miedo y despertarme.
He visto todos estos personajes dentro de mí: el narcisista y el codependiente. El «que siempre tiene la razón» y el «que siempre está equivocado». El adicto y el complaciente. El que corre obsesivamente hacia la conexión, y el que se escapa reactivamente y se esconde de la conexión. He sido el mono de circo, actuando en busca de restos de alimento emocional. He sido el asceta cavernícola, huyendo del mundo.
El que descuida a los demás para complacerse a sí mismo. El que se descuida a sí mismo para agradar a los demás.
El abusador y el abusado. La víctima y el victimario.
El que evita el amor y el adicto al amor.
Creo que todos tenemos estos patrones de carácter en nosotros, en menor o mayor medida, en diferentes momentos y en diferentes contextos relacionales. A menudo aparecen de manera más poderosa en nuestras relaciones más íntimas. Mientras más nos importe alguien, más inconscientemente podríamos tratar de evitarlos o controlarlos, culparlos u obsesionarnos con su aprobación, desconectándonos de nuestro ser auténtico.
¿La raíz de todo narcisismo y co-dependencia? Un terror inconsciente a la intimidad. El miedo a acercarse verdaderamente a otro ser humano. A ser visto. A ser conocido. A ser ‘descubierto’.
«Si revelo mi vulnerabilidad, mi miedo, mi pena, mis dudas, mis preguntas, mi ira, mi indignidad, oscuridad y sombras, seré rechazado, descuidado, ridiculizado, ahogado, inundado, abrumado, abandonado … y no podré ser capaz de de sobrevivir a eso «.
La voz del trauma de la infancia. La voz de aquel olvidado en el interior.
A medida que he podido amarme más y más, llenando el vacío interior, empapando el núcleo traumático de la vergüenza con consciencia y compasión, infundiendo con amorosa atención al «abandonado» interior, he necesitado cada vez menos evitar la intimidad controlando a los demás o permitiéndome ser controlado. He necesitado cada vez menos culpar a otros, avergonzarlos, tratarlos como objetos. He sido más y más capaz de estar presente con los demás, permitirles tener todos sus sentimientos subjetivos, deseos, alegrías y tristezas, y no he visto su experiencia más profunda como una amenaza existencial.
Al sanar, he necesitado cada vez menos ser adicto a los demás, ‘usar’ a otros para llenar mi propio «agujero negro» interno. A medida que me he sentido más y más completo dentro de mí mismo, he podido hablar, decirles a otros mi verdad vulnerable y honesta, establecer límites, decir lo que está bien y no está bien para mí, incluso a riesgo de herirlos, decepcionarlos o enojarlos. He podido arriesgarme a perder el «amor» para conectarme más profunda y auténticamente. También he encontrado personas, tanto mujeres como hombres, que pueden amarme realmente por lo que soy, no por lo que pretendo ser. Este ha sido el mayor regalo, y sorpresa de mi vida: que soy totalmente adorable, incluso con todos mis defectos e imperfecciones. Que hay gente aquí que escuchará y se quedará, y no me avergonzará o tratará de «arreglarme», sino que me sostendrá con amor en presencia, me apoyará en mi vulnerabilidad, celebrará mis lágrimas y pasiones y no se alejará con disgusto. No necesito suplicar por amor, o controlar a otros para ganar el amor, o abandonarme por amor. Solo necesito ser yo mismo, y soy digno de amor.
Y si alguien no puede proporcionar este tipo de amor, seguridad y apoyo, siempre puedo establecer límites, o incluso alejarme si es necesario, sin culpa – una feroz auto-protección.
Descubrí que el amor no es algo que podamos ganar o perder. No se encuentra a través del control o la manipulación de uno mismo o de otro. No se encuentra a través de la adicción o el martirio. Se encuentra en lo más profundo de mi corazón. Se encuentra cuando puedo estar completamente presente con el que tengo enfrente. Escuchar profundamente su mundo interior, mientras permanezco exquisitamente conectado con el mío, y no confundir los dos.
Permitirme tener mis propios pensamientos, deseos, impulsos y sentimientos imperfectos, y permitir que el preciado ser que tengo enfrente también tenga los suyos. Escuchar. Recibir. Ser abierto y suave y flexible. Pero también hablar cuando algo no está bien para mí. Afirmar mi verdad, mis necesidades. Compartir mi mundo interior vivo, claro y desordenado. Y permir que el otro también tenga su voz. Yin y yang. Masculino y femenino. Rendirse a los demás, y agredir saludablemente, desde la presencia, desde la compasión. Penetrar, y ser penetrado. Recibir y afirmar.
Agua, y fuego. Cielo y tierra.
Inmortal, mortal. Espíritu, carne.
Gracias Padre. Gracias Madre.
Me enseñaron estrategias de afrontamiento, formas de protegerme del dolor psíquico profundo. Me dieron programas informáticos internos llamados Co-dependencia y Narcisismo para evitar la agonía insoportable e intolerable del rechazo y el abandono, programas que ya no necesito tener, porque ahora estoy dispuesto, y soy capaz, a enfrentar esos «monstruos» internos, y ser dueño de ellos, y estar presente con ellos, y respirar en ellos, y abrazarlos cerca de mí mientras camino, mientras me siento y me paro, juego, bailo y me acuesto a dormir, para que no me posean más, pero yo soy el dueño de ellos, mis preciosos interiores.
«Su mano izquierda está debajo de mi cabeza, y su mano derecha me abraza».
Quiero alumbrar una brillante Atención divina sobre mis heridas humanas más profundas, verter el elixir sagrado en los lugares que duelen.
Quiero ser Conciencia misma, sí … pero también quiero tomar la forma de un hombre humano imperfecto, parcialmente roto, totalmente vulnerable, sensible y honesto, un trabajo en progreso.
Rezo para que pueda encontrar el coraje para erradicar toda violencia y falsedad en mí, incluida la violencia de tratar a los demás como objetos (narcisismo) y la auto violencia de tratarme como un objeto para los demás (co-dependencia). Rezo por poder quemar patrones disfuncionales a medida que surgen en las relaciones, en el fuego de la presencia, en el crisol alquímico de la intimidad.
Humildemente pido ayuda a mis hermanas en este trabajo. Dios sabe que necesitamos la voz feroz y honesta de lo femenino divino, ahora quizás más que nunca.
Humildemente me disculpo con cualquier persona, hombre o mujer, a quien alguna vez haya herido, consciente o inconscientemente, a sabiendas o sin saberlo.
Tenía miedo. Estaba pasando viejas cintas en mi mente, como todos nosotros. Cintas de miedo y castigo que mis padres me habían programado inconscientemente cuando era joven. Cintas de indignidad y culpa. Cintas que me dijeron que me abandonara y reprimiera mis sentimientos más profundos, mi sensibilidad y mi salvaje intuición. Yo era inocente entonces. Todos lo éramos. No conocía otra opción mejor que copiarle a «Ellos», los dioses de mi universo. Estaba sufriendo y necesitaba amor pero estaba aterrorizado de ser amado. Pensé que el amor significaba dominar o ser dominado, controlar o ser controlado, o perderme a mí mismo en otro. Estaba equivocado.
Esto no es una excusa. Sólo la verdad. Sólo la cruda verdad. Lo sé mejor ahora.
Y entonces les digo a todos mis hermanos:
Todos sabemos más ahora. Hagámoslo mejor.
Podemos sanar.
Comencemos diciendo la verdad.
– Jeff Foster

 

Múisca: Midnight Walker – Davy Spillane

…Tú que tan amigo de rendido Eres…

Abbá, Tú, un Dios que te hiciste hombre…

No acojo, Galileo, tu Buena Nueva como tiempo que pasó, sino como narración de quien te evoca con corazón agradecido. Leo y releo viviendo lo que de ti dicen como alguien que en mí actúa en estos mismos  momentos, ahora,  cuando escribo, viviendo y reviviendo tu ser hermano, y tan humano.  No, no leo lo que de tí cuentan como pueda leerse una herencia en una notaría, escuchar el legado de alguien que  ya no está presente, o rememorar las enseñanzas de no sé qué sabio milenario. No, en tu caso puedo decir que tu palabra, Jesús, es para mí caricia y alimento, pan vivo y sangre de mi sangre. No un muerto, sino  pan vivo y manjar de un resucitado que vive y que me vive. Tu Evangelio, tu actuar, tus hechos, me siguen  hablando e interpelando en los adentros de mi más profunda vena, y quiero aquí y ahora que tu bondadoso poder de perdonar y tu vivificante presencia, en  nada se corresponde con tu muerte, sino con la resurrección real, y certera y experimentada para quien vive en sus propias carnes la acción de tu Espíritu, que es la resurrección en la que yo creo. Y me vive. Porque ¿Quién mejor que los descarriados -y sé bien lo que me digo-, saben, sabemos, de tu afán de perdonar, de tu tenacidad de Pescador de hombres, de la  paciente espera de tu largo sedal,  Tú que, en palabras del Poeta Lope de Vega tan amigo de rendidos eres, sigues sanando y perdonando en el corazón sin coraza de los ninguneados, enfermos, leprosos, desahuciados y proscritos. Tú, que sigues iluminando el sendero de los perdidos, sembrador de Humanidad, salvando y aliviando con tu Aliento a los excomulgados y vencidos…

 

Música: Deep Peace – Bill Douglas

Meditación Bilbao