Nuestro Testigo Puro

No hace aún un día, que Víctor, mi gran amigo y compañero de Camino, ha cambiado de forma. Para él mi abrazo eterno. Y unas palabras de Ken Wilber y de Miguel de Unamuno.
“Identificados con este yo pequeño, finito, separado (o ego) acabamos olvidando nuestro Yo Verdadero, puro, claro, abierto y vacío; nuestro Testigo Puro, nuestro Observador puro e infinito. Este es un caso claro, como ya hemos señalado, de identidad errónea que explica el lamentable estado de cosas que la Iluminación o el Despertar están destinados a invertir.
El Despertar nos libera de este mundo y nos permite evolucionar desde él y a través de él; es decir, estar en el mundo, pero sin ser de él, trascenderlo e incluirlo”.
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Agranda la puerta, Padre,
porque no puedo pasar.
La hiciste para los niños,
yo he crecido, a mi pesar.
Si no me agrandas la puerta,
achícame, por piedad;
vuélveme a la edad aquella
en que vivir es soñar.
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Música: Deep Peace – Bill Douglas

 

ESO no engaña

 

 

Nada buscamos al hacer Za-Zen, ni siquiera la iluminación. Esta ya era antes de nuestro nacimiento. Za-Zen mismo es pura iluminación, puro despertar, puro caer en la cuenta. El árbol, desde el alba del mundo, sabe hacer Za-Zen.  Para conocer esta verdad no es preciso ser maestro sino discípulo del Silencio, ni es asunto de técnicas, sino de sencilla disposición a dejarse engendrar.

Todo nos ha sido dado y sigue dando sin que nosotros tengamos que hacer mérito para adquirirlo. El azul celeste, la vía láctea, las estrellas, la luz, el viento y la naturaleza toda. No tenemos que hacer nada sino observar en silencio. Todo es pura gratuidad.

Za-Zen es des-aparecer en el aliento de la Vida, paso a paso; en la quietud eterna del corazón del Ser; latido a latido, respiración a respiración, Perdiéndose en Lo que ES, sin apenas dejar rastro. No es un medio, es iluminación, caer en la cuenta; es latir en los propios latidos de esa secreta dádiva que, suave y quedamente, nos envuelve. Zen es dejarse caminar, pastorear, llevar, dejarse conducir haciéndose uno con el paso: paso a paso, paso a paso, paso a paso… hasta des-aparecer y hacernos transparentes sin darnos cuenta.

Todo lo que las palabras no alcanzan a decir, lo dice vibrando el viento y bramando el oleaje; lo dice el murmullo del arroyo, lo dice la quietud de las piedras del camino que te dirige a la cumbre. Lo dice el silencio, el Gran Silencio, en que vibra el zendo, zendo es todo el mundo. Todo lo que las palabras no alcanzan a decir, lo expresa, sin quererlo, el suave temblor de la llama de la vela, lo clama el aire peinando el humo del incienso y, ya en el exterior, lo expone el vaivén de las avenas y el eterno volar de los vencejos.

Todo lo que las palabras no alcanzan a decir, lo afirma el corazón en sus latidos, lo confirma el flujo mágico de tu respiración. Sí, todo lo que las palabras no logran abrazar lo señala el clamor del gong, cuando se expande, imparable, por el espacioso zendo del universo.

Todo pensamiento queda en suspenso cuando llega ESO, lo que jamás se fue… Inmensurable Vacuidad del Todo que en todo se propaga.

La Presencia del presente, el instante, lo que insta e interpela: Presencia vacía en penetrante Nada Abierta en manos y alma. En la apertura somos don, forma de ofertorio, brazos alzados al cielo del ocaso (qué más da si nublado o despejado).

Simplemente estar y constatar, muy despierto, como una llamada: en la apertura se hace real toda posibilidad.

ESO no engaña.

Y de ese modo, el cuerpo, atravesado de silencio, diluido en las alas de su aliento, él mismo se ha hecho ausencia. Y se ha hecho soplo. Y se ha hecho viento; como un tilo en otoño al que sus propias hojas ya le pesan, y al que su propia desnudez ya le es ajena. Tan sólo permanece el frágil rumor del palpitar. El resto, el meditador incluido, ha perdido su volumen. Sólo queda eso: la meditación, sólo queda eso: el imparable y no causado respirar.

 

Rafa Redondo

 

 

 

Música:  Evening machines – Gregory Alan Isakov

 

 

 

Despertar

Hay quien utiliza el razonar como narcótico, pero lo cierto es que el ser humano allá en su mas profunda hondura, siente ―más bien padece― un hambre secreta. Su cuerpo, más aún que su mente, presiente un destino distinto del que la conciencia cotidiana le brinda. Hambruna de otra latitud oculta que tan sólo descubre cuando se halla su casa sosegada. Una secreta, aunque muy persistente, voz le interpela como un grito milenario que retumba en su interior; voz sin voz que se aviene a las enseñanzas de los sabios de todos los tiempos y lugares, la que denuncia y proclama que somos peregrinos de una nostalgia: la añoranza de un Origen al que hemos dado las espaldas: nuestra verdadera naturaleza velada por los velos de una conciencia simple, asfixiada, casi atrofiada por los lugares comunes y las programaciones mentales de una civilización narcotizada.

Pero esa nostalgia late fuerte por re-conocer y re-cobrar el paraíso perdido. Re-conocer que nuestra vida posee una profundidad a la que no alcanza la razón más refinada ni el más cumplido silogismo. Ello le impele a una transformación, a veces devenida en crisis que desgraciadamente no comprenden la mayoría de los terapeutas. ¿Quién soy yo? Es la pregunta que la conciencia cotidiana no llega a responder porque, encerrada en afanes vacuos, no comprende, ni entiende, el fondo del existir. Y así, aferrada a un sistema de referencias fabricadas en torno a los genes, familia, educación, relaciones sociales, política y religión, se ha forjado un modo de asegurar su corralito y una patria en medio de un infinito universo que desconoce los puntos cardinales.

Pero ese montaje afecta tanto al yo individual como al colectivo y tanto los sabios como los neurólogos confluyen en afirmar la falsedad de tal montaje. El yo es una ilusión que enmascara la naturaleza humana auténtica.

Nuestra des-gracia radica en habernos identificado con una mente personal y con una conciencia encapsulada en un cuerpo limitado rodeado de lo ilimitado, un yo simple, función, rol y papel a cuyo través se manifiesta la naturaleza auténtica. Es preciso, pues, rebasar esos límites; diría más: soltar toda imagen que se sustente en el yo. Tan sólo quien tiene el valor de pulverizar esas fronteras hallará la liberación que añora el ser humano en su más profunda arteria.

Somos más que cuerpo, más que mente y pensamiento, más que sentimientos y deseos. La práctica de la meditación es capaz de disolver esas fronteras hasta alcanzar la conciencia testigo ―el hacedor vacío― que nos faculta para percibirnos como presencia, como Presencia. Eso es el despertar.

«Estás buscando una experiencia: Dios, la Belleza… esto significa que ves lo que estás buscando como un objeto. En ese caso: explora simplemente quién ve. Cuando explores realmente, comprenderás que buscas a quien ve. Es el camino más directo, si es que se puede hablar de camino.

Ten claro que lo que estás buscando nunca puede ser un objeto, porque tú eres lo que estás buscando, así que no podrás verlo ni comprenderlo nunca: solo podrás serlo. Serlo significa que no hay una interpretación, una idea acerca de ello. Estarás libre de conceptos. Cuando la mente llega a esta situación, se aquieta. Hay una suspensión. Todas las ideas sobre ti, todos tus atributos deben suspenderse. Entonces te encontrarás en una suerte de desprendimiento. Tú eres ese desprendimiento, esa presencia libre de atributos. De manera que sé eso, completamente en sintonía con ello.»  (Jean Klein)

Rafael Redondo

 

Música: Nigthnoise –  For Eamonn

 

 

Meditación Bilbao