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ANTE UN NUEVO CURSO EN IPAR HAIZEA

Habitamos un mundo donde las grandes mayorías viven a espaldas no sólo a eso que llamamos Dios, sino también a eso que llamamos espiritualidad. Si bien es cierto que secularmente sólo unas minorías pertenecientes al mundo de pensamiento han abordado el concepto de Dios desde una óptica atea racional,  lo cierto es la constatación factual de una generalizada increencia religiosa. Me centraré en el área de la espiritualidad como vida.

¿Qué supone hoy vivir la espiritualidad, ante la tragedia diaria de un mar Mediterráneo devenido en el cementerio de los pobres? Y pongo el ejemplo de un escenario desolador que, sin embargo, no es ni por asomo el único espacio de dolor y sufrimiento que los Medios se encargan de ocultar.

Estoy hablando de una desafección que significa más, bastante más, que simple rechazo o pereza mental, sino de una consciente o inconsciente vivencia colectiva desgarradora: la ausencia de Dios, eso que en los años sesenta del pasado siglo se llamaba “silencio de  Dios”. La cuestión radical no es otra que la constatación de que un mundo violento, inhumano e injusto hasta las heces, pueda ser obra de un bondadoso Hacedor. Esa lacerante impresencia de Dios, aunque larvada, es la nueva fe, ante la que la impotencia de los inocentes estriba en su lacerante experiencia de no hallar una mano tendida en un mundo que quiso llamarse fraternal, una mano tendida que solo halla el vacío como respuesta; unos ojos desesperados ante una civilización espiritualmente acartonada que ha cambiado el monoteísmo cristiano, judío o musulmán, por el monoteismo pétreo e inamovible –más inamovible que el Ser de Parménides- del Dios Mercado. El nuevo Dachau es el Mediterráneo. Hablo de una atrocidad diaria solamente atemperada –m ás bien disimulada- por la indolencia programada por los potentes Medios de Comunicación al servicio del Dios Mammón, que maneja los cerebros haciendo que los sujetos devengan en individuos de tal modo alienados que su conciencia lleguen a querer hacer lo que tienen que hacer. Hablo del dios de los desalmados sin alma, el dios  de los infiernos, no de los infiernos del más allá sino del más acá.

¿Qué pinta la espiritualidad en este contexto?

Esta pregunta me ha llevado desde hace décadas a releer los tratados de Filosofía, Teología, religión y espiritualidad que he podido hallar. Y puedo responder que en el fondo –subrayo eso de Fondo- de todas las religiones, la experiencia de quienes directa o indirectamente las promovieron era y sigue siendo un mensaje de amor, de un amor compasivo dirigido ante todo a quienes viven abandonados, proscritos y gritan la ausencia de Dios, a todo lo que clama tal ausencia.

Y también me pregunto: ¿qué otro sentido puede tener hoy el sentarse en Silencio, que experimentar Algo que,  transcendiendo toda creencia, me une a una ley de amor, a la Ley del Amor, como único  mandamiento natural interior no sujeto a dogmas exteriores? ¿Qué otro sentido puede hallar quien, siendo uno con la Vida y lejos de fomentar la religión como Opio del Pueblo, nutre su alma y cuerpo del Espíritu que se derrama sobre todo ser viviente, pleno de disponibilidad, de compromiso y solidaridad con todo lo que vive? ¿Qué otro fundamento vital puede toparse para sí mismo y para los demás quien, vacío de la adherencia obstaculizadora del Pensamiento Único y libre del ego estrecho de los resignados, salta los diques del desorden establecido por la avaricia, el establo establecido  en el monoteísmo del Mercado, y siente, presiente y comunica la Unidad con todo lo viviente que la meditación le brinda?

¿O no es acaso la verdadera práctica, la verdadera, dura y liberadora práctica meditativa, la que me descubrirá al fín de que si sufro es por vivirme como fragmento siendo Totalidad. Hablo del diario ejercicio, la  práctica contantemente alerta, la vivida en cada instancia del instante que, alejándome del asfixiante egoísmo programado por tierra mar y aire, es Espíritu que me empuja a ir contracorriente hacia el desasimiento previo que me abre al todo, y a todos y al Todo que está en todo?

¿No será acaso que haya llegado ya el momento –yo afirmo que sí ha llegado- en que la Voz del Ser, o Dharma, o Dios, o Lo Sin Nombre, o como quieras llamarle se hace  una sola voz, un solo sabor con el Silencio que no es vacío inocuo sino un desbordante tsunami de Presencia?

¿No ha llegado el momento cruel y doloroso en que el meditante -¡vaya palabra!- acepte sumergirse en el corazón del infierno, de nuestros infiernos, en ese total despojamiento que nos unifica con los excluidos y excluidas,  abandonadas y así ofrecer con entera gratuidad lo que gratuitamente se nos concede que es la esperanza en un mundo nuevo, y así el temible Silencio de Dios deje de ser un estercolero mercantil para ser el Lugar Privilegiado de su Revelación?

Yo afirmo que sí, que se puede, que se puede, vaya que si se puede. Todo es cuestión de aprender a ser Nadie y tomarse en serio, no en serie, la meditación que matando convierte muerte en vida.

La práctica de Ipar Haizea es una invitación a vivir esa plenitud más allá del Zen, más allá de Ipar Haizea, más allá de toda organización y religión. Con esa esperanza e intención nos asomamos a este nuevo curso. Y, más concretamente al nuevo Zazenkai del día 29 de septiembre, al Sesshin de Berriz del 19 de octubre y al Curso de Iniciación del día 31 también de octubre. Hablo de una Plenitud que nos es regalada y se hace urgente regalar a un mundo sin esperanza. Ánimo en el Camino.

Rafael Redondo

-Calendario de iparhaizea 2018/2019:
Inicio de las sesiones: lunes 10 de septiembre de 2018

Navidades: última sesión 20/12/2018 – primera sesion 7/1/2019

Semana Santa: última sesión 17/04/2019 – primera sesión 29/04/2019

Fin de las sesiones: jueves 18 de julio de 2019

Sesiones de meditación Zen semanales

LUNES MIÉRCOLES JUEVES
7:30-8:30 Zazen
19:45-21:00 Zazen
19.00-20:15 Zazen

Las meditaciones del lunes y el miércoles serán acompañadas por Rafael Redondo.

Las meditaciones de los jueves tienen nuevo horario y serán acompañadas por personas miembros de la Sangha.

Antes de acudir a meditar por primera vez, es interesante que nos escribas un correo a iparhaizea1@gmail.com. Muchas gracias.

Iniciación a la meditación Zen

Hay 3 cursos  iniciación a lo largo del año. La Iniciación se completa acudiendo a las dos sesiones programadas en cada curso.

Se celebrarán en dos miércoles de 19:30 h a 21:30 h en las siguientes fechas:

  • Octubre 31 de y 7 de Noviembre 2018
  • 23 y 30 de Enero 2019
  • 15 y 22 de Mayo 2019

Zazenkai – Sesión de práctica intensiva de zazen

Se celebrarán los sábados de 9:30 h a 13:30 h en las siguientes fechas:

  • 29 de Septiembre 2018
  • 24 de Noviembre 2018
  • 26 Enero 2019
  • 16 Marzo 2019
  • 11 Mayo 2019
  • 13 Julio 2019

Sesiones sobre las distintas tradiciones de la sabiduría

Este año continuamos con el ciclo dedicado al Maestro  Eckhart. Se celebrarán 3 viernes en horario de 18:30 h a 21:00 h en las siguientes fechas:

  • 14​ de Diciembre de 2018
  • 8 de Marzo 2019
  • 7 de Junio 2019

Sesshin – Retiro de meditación

Se celebrarán en las siguientes fechas:

Circular de Verano 2018

Estrenamos verano
La vida –quiero decir la vida oficial– de nuestras sociedades

–si es que a algo oficial puede llamársele vida–, se halla
asfixiada por la sustitución de la cultura por la política, el
sentido crítico por la opinión de los mass media, y la autonomía
del criterio personal por la dependiente superficialidad del
pensamiento único. El bombardeo mediático que padecen
nuestras mentes ha propiciado el fenómeno patológico llamado
alexitimia, una dificultad para conectar con otras realidades
ajenas a las que puede captar la lente colectiva.
Demasiado ruido. Incluso las palabras más benefactoras,
las que provienen y suceden, o provenían y sucedían –tiempo
pasado–, desde el boca a boca personal, han ido extinguiéndose
entre el estrépito de fondo, confundiéndose y colisionando entre
sí, no sólo a causa del fragor motorizado, sino anuladas por
la profusión discordante de la monotonía, el lugar común de
los editoriales uniformados por la totalitaria unidad sin fisuras
anhelada por el poder económico–mediático y las mentiras u
ocultaciones, repetidas hasta el colapso mental, con que responden
los obedientes compulsivos. Una programación mental
inflada de palabras profanadas por el embuste sistemático, que
aturde al lector de periódicos y oyente de los telediarios.
Palabras, montones de palabras de segunda mano, manoseadas
y atragantadas por la consigna, devenida en el
allanamiento de morada democrático. Palabras, montones
de palabras huecas, que nos sumen en la miopía auditiva;
palabras que bloquean nuestra capacidad de conocer y atravesar
–dia-logar– mediante los sentidos, que son los que nos
unen al universo de la verdad, e invitan a dejar la pluma para
poder recobrar el silencio que en el fondo somos. Quien no
escucha ese silencio es el mayor de todos los sordos. Esa es,
la sordera, que unida a la ceguera, fomenta nuestra neurosis
colectiva.
El más profundo sufrimiento que acecha al ser humano,
es el que siente cuando pierde su país de origen. «No he visto
–decía Jung– una sola neurosis que no tenga un origen
religioso». Estamos hablando de la nostalgia producida por
esa repatriación, siendo esa angustia el manantial de donde
nace el impulso a regresar a su Origen. La neurosis es la rebelión
de la naturaleza cuando la hemos metido por un camino
equivocado.
Lo cierto es que la inmensa mayoría de las gentes no son
conscientes del clamor de esa inquietud interior y ello, principalmente, debido a la dormidera social que supone hacer lo
que todo el mundo hace, que es una suerte de adaptación –no
integración sino adaptación– superficial a los valores de una
sociedad desorientada. Una especie de tapadera provisional,
una coraza protectora del pequeño ego que bloquea el sendero
que arriba del Ser esencial. Esa situación que yo llamo patología
de la normalidad, a nadie hace dichoso y puede mantenerse
hasta que la naturaleza, cuya identidad es estar despierta, no
soporte ya tanto opio y rompa cuando menos se piense en una
crisis de angustia. La apariencia irreprochable de tantas personas
solventes no logra, sin embargo, enmascarar esa tristeza
larvada y ese sentimiento de aislamiento que late en su fondo
sólo aparentemente satisfecho, y su seguridad y aplomo externos
no logra compensar su profundo y real desasosiego. ¿Qué
les ocurre? Se han separado de la vida y la angustia es la más
noble protesta que brota de la naturaleza inconsciente. ¿Y cuál
sería el camino de la curación? Instalarse en el Ser más allá de
la vida y de la muerte, más allá de la apariencia y las corazas.
El camino de la liberación no es un camino de rosas, entraña
mucha muerte, porque el pequeño yo, cuya dicha depende
de las condiciones existenciales, tiene que desaparecer, ahuecarse,
vaciarse. Hasta que el Ser real ocupe el puesto central de
nuestra vida, hasta que el sinsentido vuelva a cobrar sentido.
Por esa razón, bienvenida sea la neurosis que nos facilita la
vía hacia la liberación, hacia una vida nueva, por mucho sufrimiento
que ella implique.
Acoger la prueba del dolor como lo mejor de nuestra formación
y saber que la liberación pasa por el desamparo es la
exigencia de toda auténtica transformación, y el único camino
para volver del exilio hacia nuestro verdadero hogar.
Suele sucederme. A veces debo escurrirme, descolgarme de
mí mismo como si esa desposesión fuera –y lo es– un tablón
de salvación. Horas, para el común de los mortales, sombrías,
cuya tempestad de brumas sacude el alma en sus cimientos.
Entonces, siente uno cómo el aire, cargado de veneno, alcanza
las raíces de mis más recónditos capilares.
Una extraña fuerza, sin embargo, me empuja a elevar mis
brazos a lo alto. Las palmas de las manos, entonces, palpan
la entrega y la dádiva que brota de la altura; también de los
abismos. No hay sino silencio. Y entrega. Un deponerme total,
como si prestara mi vida a un desconocido.
Huracanes de sombra y miedo, de larga duración, horadan
el esqueleto de la conciencia, mientras me limito a mirar muy
atento y muy de frente los ojos de esa salvaje umbría y me
rindo a su silencio haciéndome silencio. Horas en las que uno
siente en su cuerpo de qué manera el vampiro de la muerte
abreva en su propia sangre.
Pero, aunque me entrego y me depongo, no bajo mi mirada
ni ceso la atención ante ese horrible rostro. Lo aprendí hace
décadas: miro a la muerte con sus ojos; ella me mira con los
míos, mientras como un barrendero voy expulsando a paladas
de mi mente alevosas letanías de imágenes y pensamientos que
incesantemente brotan de otras imágenes y otros pensamientos.
Con los brazos muy alzados, una parte de mi yo se entrega
al abrazo total de las tinieblas, se rinde al acoso del miedo, se
entrega al asedio de la angustia, y con firmeza liberadora mira
de frente al propio miedo, incluido el miedo al miedo. Y es
entonces cuando sucede algo inesperado: desde su lecho negro,
las espinas de la sed dan a luz un inesperado fondo de ternura. Y
brota la respiración que estaba contenida. Surge la paz. Sí, otra
parte de mi ser oficia de partera de la liberación que pulveriza
los sudarios. Lo sé: muy agazapada, la luz también aguarda su
turno en los sepulcros. La más honda luz. Lo sé. Un lenguaje
sin lengua que impone su dictado. Un tú dentro del yo.
No me engaño, lo escucho claramente:
el dictado es exacto. Me conmueve
su lenguaje sin voz, silente nieve
que atempera el incendio de mi mente.
La deja en su honda paz. Muy largamente
contemplo el quieto Fondo que hoy me mueve
a alzarme a mis adentros, donde llueve
rocío de alba en lágrima silente.
¡Cuán claro es tu dictado, tu presencia
sin verbo, sin acento, sin fonema,
sonando en sinfonía con la nada!
¡Qué claro, Dios, el eco de tu ausencia
que hoy se ensancha en mi pecho hecho poema,
recordándome el don de no ser nada!
Sentado en zazen, me alejo del cuerpo y de la mente, y así, herido de luz, lo certifico en este tórrido atardecer de un verano que se estrena.

Feliz verano, Shanga.
RAFAEL REDONDO

Jesus de Nazareth, hijo del hombre

JESÚS DE NAZARETH En un mundo religioso hecho para los puros, los piadosos observante de la Ley, Jesús pulverizó el asfixiante gueto del pueblo elegido, el de los oficialmente buenos y legales, abriendo el cielo a la tierra de los abandonados, impíos e ilegales; porque empeñó su vida en revelar su verdadera identidad a quienes la había perdido. La Fuerza del amor, si es verdadero amor, no reside en la amistad con los conocidos sino en la solidaridad unificante que incluye a lo extraño y extranjero. Conviene recordarlo ahora, que la solidaridad es un delito. La experiencia de Getsemaní como la del Gólgota dejaron sellado en sangre que todo ser humano es más importante que la Ley. Jesús de Nazareth no era, desde luego, un constitucionalista. Quienes hoy, ajenos a cruces episcopales, siguen la suerte del crucificado, se apartan de la falsa conciencia de las “convicciones indiscutibles” de este mundo alienado y provocan la expansión de la conciencia compasiva con aquellos nuevos Cristos que, bajo la Ley del Silencio ven despreciada su humanidad ahogados en el Mediterráneo, o son devueltos “en caliente” por ministros del Opus Dei. Por sus Obras los conoceréis… A Cristo lo mataron y hoy siguen matándolo los fariseos modernos. La identificación con el crucificado, puede des-cubrir a tantos dioses y diosas cotidianos sin más poderío y dominio, que la compasión hacia sus semejantes y desemejantes, como el bombero vasco que se negó a colaborar con el transporte de armas, con las mujeres, que gritan igualdad y son asesinadas; con Helena Maleno, con Aminatu Aidar, con Marielle Franco, y tantas castigadas por la Ley del desorden establecido. Jesús de Nazareth murió como vivió: rodeado de proscritos. Sin hacer otra cosa que no fuera compadecerlos. Ya exhausto, el Espíritu le dio fuerzas para amar hasta el final: el ladrón, llamado Dimas, que junto a Jesús agonizaba, le pidió “que se acordara de él cuando marchara hacia su reino” (sic). En estado terminal, con el rostro ensangrentado, le faltó tiempo para esforzarse en abrir la boca y responder a su compañero de tortura “hoy mismo estarás conmigo en el Paraíso”. Hoy, hoy mismo, saltando la creencia de atravesar bardos tibetanos y otras condiciones, sin necesidad de que su cadáver reposara los días prescritos para que su espíritu volara en paz. No fue así: el cuerpo de Jesús, junto a los cuerpos de los dos ladrones, fueron movidos rápidamente, estorbaban, como hoy estorban los que mueren en nuestros burocratizados hospitales. Pero Jesús no le preguntó a Dimas por su curriculum, o si era “trigo limpio”, que tanto preocupa al Cardenal Cañizares: le traía al pairo si había sido “trigo limpio”, o si era observante de la ley, o si tenía buen o mal karma, para salvarse de la reencarnación y esas cosas; no: “hoy mismo estarás conmigo en el paraíso”. Respondió, hoy. Hoy, Viernes Santo, la ministra de Defensa Dolores de Cospedal, tan presente en las procesiones, ordenará que la bandera española ondee a media asta. Pero se sigue matando a Cristo en los pobres e inocentes con el negocio de las armas, que este año la ministra incrementará un treinta por ciento y para el siguiente en diez mil millones de euros….. A Jesús de Nazareth, como hace dos mil años, lo siguen matando los mismos, legalmente, muy legalmente. Sin embargo, el camino que este Maestro vivió y transitó, está claramente trazado para nosotros: poner los ojos donde él los puso: en los que estaban fuera de la ley, en los apestados, en los extranjeros, en los que los prejuicios sociales se nos prohíbe mirar: los emigrantes, los desahuciados, las prostitutas, los refugiados que no hallan refugio, los ciegos que están al borde del camino, los mendigos de las aceras. Desde los ojos de esos cristos proscritos diariamente nos mira e interpela Eso que si saber qué es llamamos Dios. RAFAEL REDONDO