Todo buscador inicia…

 

Todo buscador inicia su camino espoleado por la añoranza de su verdadero origen, el sufrimiento de sentirse repatriado en las sórdidas estepas de ese exilio llamado sentido común. Esa es la raíz de su nostalgia…
Alumbrados, quizá deslumbrados, por las sombras del límite, ahí está el final, y el comienzo y la cuna de una gran nostalgia de otras fecundidades. Más allá de las trampas que hemos inventado debajo de las formas que no logran arañar los cielos…
El tiempo, recorre los vocablos, persiguiendo, quizá, otros clamores distintos, otros verbos sin voz, otras voces sin tiempo, otros espacios sin anchura. La estepa sin testigos, abierta a un final sin final, a un comienzo sin comienzos.
Las palabras, a su vez, persiguen un espacio que nunca tuvo espacio, y un tiempo que está fuera del tiempo
R.R.

 

Calmar la prepotencia
la que nutre de halagos,
la que, en los desvanes de la mente
nunca logró asir
sino a locos fantasmas
que el cuerpo sobrecogen
y la razón embriagan.
Conviene recordarnos
que el tesoro interior que nos fue dado
no nos corresponde,
jamás lo fabricamos,
y cuán largo es
este sagrado don:
gozar de la ocasión de ser Humanidad
y en la sufriente Tierra, cumplirnos como humanos.
Ese caudal, que como el vino,
tan gratis se derrama, desparrama
y se alberga en la entraña de tu fondo.
Y en esa tu interior bodega paciente espera, y más espera,
el golpe de timón
que vanidad derriba
y alabazas perfora.
R.R.

Cuando sabes quién eres – Eckhart Tolle

 

Esa sabiduría perenne

Zen, ¿qué es eso? Kakua, el primer japonés que se trasladó a estudiar Zen en China, a su regreso, fue invitado por el emperador de Japón para que expusiera en una conferencia, todos los conocimientos que había adquirido en aquel país. Kakua sacó una flauta de su túnica, sopló una corta nota, se inclinó cortésmente y abandonó la audiencia. El emperador se quedó desorientado. Es imposible explicar con palabras lo que es el Zen.
No existe ninguna doctrina, ni siquiera budista, sobre Zen. El maestro Yuansou afirmaba correctamente: «No hay enseñanza que incubar o sobre la que puedas instalarte. Si no crees en ti mismo, toma tu atillo y recorre las casas de otras gentes en busca del Zen y el Tao. Vas buscando misterios, maravillas, budas y maestros Zen. Crees que esto es la búsqueda de la Verdad Suprema y haces de ello tu religión, pero es como correr hacia el Este con el fin de encontrar aquello que se asienta en el Oeste”.
Por tanto, nadie puede ser instruido como maestro Zen. Por esto no hay Zen cristiano, ni Zen budista. De esta forma, tampoco hay maestros de Zen budistas, sino únicamente maestros Zen que son budistas y del mismo modo, también maestros Zen que son cristianos o incluso que no pertenecen a ninguna confesión. La diferencia fundamental entre las religiones no fluye verticalmente entre simples denominaciones, sino más bien horizontalmente entre los niveles exotéricos y esotéricos de estas religiones.
Existe una “Sophia perennis”, una eterna sabiduría, que algún día será reconocida como el verdadero objetivo de toda religión. El ser humano en el futuro será un ser “despierto”. Esto solamente ocurrirá cuando el Zen y todos los caminos espirituales se liberen a sí mismos de las ataduras de las confesiones. En esta liberación es donde el Zen desempeña un papel importante, pues está claro que ni Shakyamuni ni tampoco Jesús tuvieron intención de fundar religión alguna. Es cierto que el Zen se halla estrechamente unido al Budismo, pero realmente lo trasciende, y también a cualquier otra religión. El Zen y todos los caminos esotéricos, como pueden ser Yoga, Vipassana o Contemplación, trascienden los credos religiosos.
( Extracto del prólogo de Willigis Jager para mi libro «Aromas del Zen»)

 

Música:  Hans Zimmer – Time

 

…En medio del odio, descubrí que había, dentro de mí, un amor invencible…

 

Desprenderse del anzuelo que desde siglos nos sujeta al sinsentido de la patología de la normalidad. Una transformación de dentro afuera, no al revés. Un cambio de casa, no solo de decoración, ni de mobiliario. Un nuevo el irremisiblemente necesario modo de sentirse especie humana.
Casi nadie sabe en qué consiste eso de saber caer, pero hoy nos toca aprender los movimientos de bajada, como las hojas de otoño. Y el desprendimiento, está claro, mete miedo.
Sin embargo, el pánico es económicamente rentable para la eterna minoría que gobierna un mundo amedrentado; el miedo cotiza en bolsa, pues paraliza al frágil yo. Pero las hojas, confiadas, nos enseñan a descolgarnos de su temporal cobijo para, muriendo, abrirse a la aventura de lo nuevo. Saben de una Unidad no globalizada, comprenden que existe otra conciencia, otro modo de vida, otro modo de ser acorde con las raíces el Ser.
Hay que recordar que en las raíces del invierno late, escondida, la eterna primavera, y el corazón humano se asoma a esa ventana: «…En medio del odio, descubrí -escribió, Albert Camus- que había, dentro de mí, un amor invencible. En medio de lágrimas, descubrí que había, dentro de mí, una sonrisa invencible. En medio del caos, descubrí que había, dentro de mí, una calma invencible. Me di cuenta, a pesar de todo eso… En medio del invierno, descubrí que había, dentro de mí, un verano invencible. Y eso me hace feliz. Porque esto dice que no importa lo duro que el mundo empuja contra mí; dentro de mí hay algo que me llega devuelto».
En ti se ve diáfanamente cómo el espíritu sopla donde le da la gana y cuándo quiere. es salvaje.
Gracias, admirado y entrañable Albert Camus, siempre fuiste para mí una referencia de lo que es la honradez.

 

R.R.

Múisca: hans Zimmer – Chevaliers de Sangreal

 

 

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