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Permitir que eso acontezca

Amanece.
Titubean las sombras de la noche declinada.
Sabor a nadie.
Con la humedad, el nácar se filtra por los pétalos:
Sin darse cuenta el vaho del rocío se destila en el viento
y fulgor de la aurora,
envuelta entre las perlas de su luz.
Sonido a nadie.
Perfume contenido sobre la fronda verde del silencio.
Con los brazos alzados a los cielos
bebo el aroma emanada del lecho amanecido.
Soy trébol, río y brisa
entre las hojas doradas de la avena.
Fugaz y temblorosa, una libélula
sostiene entre sus alas el júbilo de ser que enciende la mañana.
Ella es el mismo Dios, que entre tanto mutismo porfía en pronunciarse:
el Ser que persevera en sólo ser.
Cómo se siente el pulso de la Nada…
en esta invitación a despertar,
a amanecer,
a amanecer-se;
Baja a su forma ya mi gesto alzado
y, mudo en el mutismo,
me apresuro a quitarme de en medio
para dejar que Eso acontezca.

Esa extraña grandeza

Esa extraña grandeza, que,
si con atención se mira,
en las cosas pequeñas se des-cubre…
Esa secreta dádiva,
esa escondida luz
que los ojos del mundo
hoy regalan a mis ojos…

 

Al alba

Liberada del yugo de las horas,
se desliza la Acción de lo sin forma:
insomne,
sin gesto que la arrumbe.
Y aún más implacable
cuando a mis manos se entrega y me devora
en mutua dádiva imparable.
Acción de lo sin-nombre, abierta al arco múltiple que estalla en la Materia.
Acción que, sin hacer, me hace hacerme Nadie
y de Nadie me fecunda,
esculpiendo en el alba este poema.