El secreto de ser nadie

Aferrarse al vacío,
y reconocerse en la propia desnudez.
Limitarse en la humildad de ser lo ilimitado,
donde la lejanía extingue sus distancias y creencias.
Reencontrarse en la profundidad interior,
derramándose cada vez más adentro.
Extra-limitarse en el impudor de sólo ser,
para ganar así la Presencia, que es tacto, y contacto,
del alma con su carne.
Reducir el lenguaje a su esqueleto
y palpar la Presencia
que emana de la Ausencia,
como el que, siendo arquitecto de su vida,
sabe instalar en el aire su morada.
Lograr, sin darse cuenta, ser Nadie,
la inefable belleza del rastro de una ola extinta
que nace y se deshace, que avanza y des-avanza,
en el eterno vaivén que fluye de su origen inmutable.
Caminar tan sólo es desandar
en el secreto de ser Nadie.

Permitir que eso acontezca

Amanece.
Titubean las sombras de la noche declinada.
Sabor a nadie.
Con la humedad, el nácar se filtra por los pétalos:
Sin darse cuenta el vaho del rocío se destila en el viento
y fulgor de la aurora,
envuelta entre las perlas de su luz.
Sonido a nadie.
Perfume contenido sobre la fronda verde del silencio.
Con los brazos alzados a los cielos
bebo el aroma emanada del lecho amanecido.
Soy trébol, río y brisa
entre las hojas doradas de la avena.
Fugaz y temblorosa, una libélula
sostiene entre sus alas el júbilo de ser que enciende la mañana.
Ella es el mismo Dios, que entre tanto mutismo porfía en pronunciarse:
el Ser que persevera en sólo ser.
Cómo se siente el pulso de la Nada…
en esta invitación a despertar,
a amanecer,
a amanecer-se;
Baja a su forma ya mi gesto alzado
y, mudo en el mutismo,
me apresuro a quitarme de en medio
para dejar que Eso acontezca.

Esa extraña grandeza

Esa extraña grandeza, que,
si con atención se mira,
en las cosas pequeñas se des-cubre…
Esa secreta dádiva,
esa escondida luz
que los ojos del mundo
hoy regalan a mis ojos…

 

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