El zazen: una metáfora de la creación poética, por Hugo Mujica

Del pino
aprende el lenguaje del pino
y del bambú
aprende el lenguaje del bambú.

Basho

Los niños y los genios saben que no existe el puente,
sólo el agua que se deja atravesar.

René Char

Hay dos posibles maneras, por dar un ejemplo, de estar ante una puesta de sol -ante ella o ante la vida- una es verla, ver la evidencia en sí misma, abrirse al don de lo que está sencillamente dado; la otra, la habitual, es reflejarse en lo que se mira. Una va, se libera; la otra vuelve, se repite, se repliega. En la primera el sol aparece, en la segunda me aparece. Aquella primera contempla, se despliega en la alteridad, la segunda mira, mira pero no ve: se ve.

Tan pronto como las cosas dejan de ser profanadas por la finalidad, dejan de ser un medio hacia otra cosa más, ellas son su ser, las cosas y nosotros también. Para la mirada contemplativa, para el saber del no saberse, para el ver que no mira, las cosas se manifiestan: son. Para la mirada habitual, por el contrario, las cosas no aparecen, no son en su libertad, es decir en su belleza, son su utilidad, son lo que me pueden dar, lo que de ellas puedo usar: son tan solo lo que son para mí.

La escucha contemplativa, la celebración de la gratuidad -en otra imagen y registro- escucha la música, el oír habitual, distingue los instrumentos. El oír oye las olas, la escucha el mar.

Es esta primera posibilidad -la del dejar que la realidad sea realidad, que lo que nunca dejó de estar pueda ser manifestación- lo que en la práctica meditativa del Zen -en el zazen– se busca, se busca dejando de buscar, abandonando, esa ilusión, esa separación que llamamos yo. También, en su radicalidad, dejando de buscar esa otra ilusión que llamamos buscar. Por eso zazen no es un ejercicio de concentración: es una posibilidad de descentración, de comunión.

Las cosas de dios, decía y distinguía el Maestro Eckhart, son las que son “sin porqué ni para qué”, como el puro existir, como la insobornable gratuidad de vivir, como todo lo que osamos soltar: también a dios. El zazen es un ejercicio de nada, incluyendo -o mejor dicho excluyendo- el ejercitar, el practicar, es un osado y radical estar ahí, sin esperar ni recordar. Como si cada vez fuese la única vez: como el milagro, no la repetición. Y lo es, ya que el que se [*] que se sentó. O, si lo es, es que no estuvo allí, estuvo en su estar, no en su ser, pero estuvo sin ser.

Lo que busca con su bastón el ciego es la luz, no el camino. En zazen no se busca siquiera la luz: se parte el bastón.

Hubo una vez en que no buscamos absolutamente nada, no supimos nada ni deseamos nada, nada de nada, ni inteligencia ni voluntad; esa vez, la inicial, fue el nacer: el ser la propia recepción de sí. Cada vez que no deseamos ni esperamos, que nada sabemos ni hacemos, volvemos allí: nacemos. Zazen es ese nacer, esa gracia, ese don: esa recepción sin posesión, esa subjetividad sin sujeción a sí, ese sí mismo sin lo mismo de sí.

El zazen no tiene meta, el zazen es zazen, es la vida desnuda, no la desnudez de quien la vive. El zazen es esa extraña abertura donde uno es donde está y está donde es, esa identidad que no coincide cerrándose sobre sí: se cumple abriéndose a sí desde sí, como dos huecos cuando se encuentran, cuando son transparencia. Zazen es ese silencioso y abandonado amén a todo lo que es, ese amén que nos hace ser uno con todo lo que es, todo lo que somos.

A zazen, por último, no se va a aprender ni a saber, se va a estar, a estar sin saberse, a ser más que lo que sabemos ser, como somos cuando el olvido nos abarca, como devenimos cuando el tiempo no pasa: llega. Cuando es creación.

Nombrar es separarse de lo nombrado, de alguna manera las palabras siempre anuncian lo mismo: dicen la despedida. Zen es una palabra, una breve palabra a la que le sobran tres letras; las tres letras sin las cuales no sabríamos nada del Zen, tampoco del no saber. Tal paradoja se llama finitud, aceptarla se llama realidad. Por eso, y a pesar de eso, a veces se habla, se hacen señas…

Eso, ese apenas y pudoroso hacer señas -señas hacia lo que simple y abismalmente es– y aquí quería llegar, es el hacer y el ser del poeta, cuando lo es, cuando hace señas hacia pero las hace desde ese ser. Cuando no busca decir nada, cuando se calla en lo que dice para llegar a decir lo que escuchó en ese callar que escribe… vacío de sí, puede hacer de ese vacío apertura: dejar decir, dejar llegar… no ya del nacer, o no sólo, sino además del crear. Pero no voy a hablar sobre él, en verdad llegué hasta aquí no para describirlo sino para darlo a sentir y a pensar, para que ustedes lo hospeden, para que lo comiencen a ser…

Termino, callo, con un poema, esa seña desde donde el lenguaje todavía late su silencio natal, desde donde la palabra no busca decir, busca dar a escuchar:

Nieve al viento

Copos de nieve al viento,

caen desde su ahora,

caen sobre su aquí.

Cuando no hay ayer, cuando

hoy es olvido,

no hay con qué imaginar mañanas:

hay sólo lo que siempre hay,

hay este estar naciendo.

[*] Texto perdido

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