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Circular de Navidad diciembre 2019

En los años 70, un joven escritor holandés, interesado por la práctica del Zen, tan de moda en aquella década, visitó en uno de los magníficos templos budistas de Kioto (Japón ) a un anciano monje que, pese a ser analfabeto, había alcanzado el grado de Maestro Zen. Ante una taza de té, el monje se interesó sobre la religión que profesaba el joven, y al responderle que era cristiano, el humilde Maestro Zen no ocultó su ignorancia sobre la persona y la obra de Jesús, pero comoquiera que mostrara un evidente interés sobre el profeta galileo, el joven corrió hacia la biblioteca de la universidad de Kioto en busca de un Nuevo Testamento. Y, ya de nuevo ante el anciano, este sugirió al joven que le leyera un texto del Evangelio, el primero que  se presentara  a sus ojos abriendo el libro al azar. El texto que el holandés halló ante sus vista fué el pasaje de las bienaventuranzas.

Acabada la lectura, el Maestro cerró los ojos y guardó unos minutos de silencioso recogimiento, acompañado de otros monjes que le rodeaban. Al levantar la cabeza, mirando de  nuevo al joven escritor, el anciano exclamó: «No conozco a quien dijo esas palabras que acabas de leer, pero está claro –añadió solemnemente- que solo pueden haber salido de la boca de un Buddha».

Un Buddha,  es un ser despierto y compasivo. Todos los «Buddhas» cada uno según su origen y su forma, expresan la misma experiencia. El anciano y analfabeto monje no había estudiado  teología, pero, sin otra mediación que el conocimiento intuitivo propio de los seres despiertos, superó en un instante las obsesivas dudas metódicas de muchos  teólogos bíblicos, al  reconocer  sin mediaciones, directamente, las señas de identidad de Jesús como Buddha -Hijo de Dios-, el Cristo que daba gracias a su Padre porque tales cosas las velaba a los poderosos y  revelaba a los sencillos como al Poverello de Asís, o el encantador maestro vietnamita Thích Nhất Hạnh. La experiencia de Buddha, o experiencia búdica, hace mejores cristianos a los cristianos; igual que la experiencia del espíritu de Jesús completa nuestra experiencia búdica. Yo, al menos, lo vivo desde esa profundidad. O eso intento.

Jesús de Nazareth, mensajero de Dios, nació como murió, desnudo, con las manos vacías, con la doble fragilidad de un niño pobre. Nació en un lugar que ningún padre hubiera querido para su hijo, un pesebre. Fue y sigue siendo un mensajero que no vino para interesarse por los pobres, sino para convertirse en uno de ellos, experimentando con ellos, y en propia carne viva la impotencia de los ninguneados, la injusticia de los poderosos y la prepotencia de los sacerdotes. Todo a la vez. El Maestro de Nazareth nos anunció un porvenir que no se nos abre, como se ha dicho, por su regreso majestuoso al final de los tiempos como un Pantocrator rebosante de gloria o mesías de los ejércitos,  sino que ya ha llegado como el mesías de los pequeños olvidados que nos libera del miedo a la muerte al haber sido crucificado un día hace más de dos mil  años, como un excomulgado, el que ahora vuelve a ser crucificado con los diariamente crucificados:  cada vez que una mujer es violada o asesinada, o que una familia entera es explotada  por una multinacional, o aplastada por una gran empresa eléctrica; cada vez que un anciano o joven es desahuciado por la Banca…. Hablo de un Jesús que nos legó su Espíritu, el que nos ayuda por y a través de su fragilidad indestructible y su despojamiento; un Jesús que  resucita cada vez que ese destino infame es denunciado y vencido por los nuevos cristos y cristas que se juegan el tipo rescatando vidas el Mediterráneo, por las mujeres que dan la cara en el Sahara, o ante la explotación de la Naturaleza. Esas cristas que reflejan el Espíritu de la Vida, la vida que anuncia Jesús, la propiamente humana, la que posee un alcance infinitamente más grande que la vida biológica.

Siento que la peor manera de entender a Jesús y su enseñanza, sería querer ensalzarle en un trono, igual que se hacía ante las antiguas divinidades, o bajo un ostentoso palio, como la jerarquía católica ensalzaba a un sanguinario general durante cuarenta años. Y creo que millones de cristianos aún adoran a un extraño Jesús triunfante sobre deslumbrantes atayalas plenas de majestad, bajo pedestales que evocan banderas victoriosas. Hablo de un falso dios que condena a los vencidos, premia docilidades, arruina a disidentes y los envía al fuego eterno bajo órdenes, leyes e idearios llovidos de los cielos vaticanos; un dios con la impronta autoritaria emanada desde antiguo de los vengativos líderes Moisés, David o Josué; un dios temible, que castiga o premia bajo el modelo de la zanahoria y el palo, el castigo del infierno o el premio de los cielos.

Hablo de un todopoderoso dios que protege  a sus beliocosos pueblos elegidos, que provoca e invoca la sumisión, la minoría de edad, el infantilismo y dependencia servil. En definitiva,  un dios que, en palabras de José Saramago “no es buena persona”.

El Padre de Jesús no era (ese) dios. Dios murió con Jesús. Jesús era la antípoda del dios de las religiones. Del mismo modo que el sabio y valiente Maestro Eckhart clamaba “Dios, líbrame de Dios”, hoy podríamos tambien clamar, “Buddha, líbrame del Budismo, y Cristo, apartame del cristianismo”, porque a mi modo de ver y sentir, hoy el mundo necesita más a Buddha que a los budistas, y a Cristo más que a los cristianos.

Jesús no vino aquí para fundar religión alguna, sino para despertar la dormidera colectiva que crea ídolos externos sin percatarse de quiénes verdaderamente somos -el Reino de Dios «está en vosotros mismos»-, porque el Mesías de los pobres no llegó aquí para ser adorado en una peana, sino para mostrar un camino de transformación liberadora; como tampoco vino para formar castas sacerdotales, ni organizaciones jerarquizadas, ni vino para que le imitáramos viviendo su vida sino para que viviéramos profundamente la nuestra. No fuimos, arrojados del paraíso – decía Franz Kafka- sólo por haber comido del árbol del conocimiento, sino también por no haber comido del árbol de la vida. A ver si despertamos de una puñetera vez.

Ese es el sentido de la vida del Hijo del Hombre tierno y radical, Hijo de Dios (como puedes serlo tú) que se hizo hombre despojado de sí mismo, Dios vaciado del poder de ser Dios, que asumió hasta la cruz la responsabilidad de ser hombre hasta el final, sabiendo perdonar la ignorancia de los que le torturan. Una ternura que es paciente y servicial, que todo lo excusa, que todo lo cree, que todo lo espera, que todo lo soporta, que no acaba nunca.

Un Dios que a la puerta de tus entrañas llama para – como dice mi amigo Hugo Mújica – dejar en nuestras bocas sus palabras, en nuestras manos sus gestos y en nuestro rostro sus rasgos. Déjale nacer en ti. Pero ya mismo.

Rafael Redondo

Aprovechamos para invitaros a un pequeño encuentro el dia 24 de Diciembre de 18:00H a 19:00H, dia de nochebuena, en nuestro zendo.

Por otro lado, os recordamos que la sentada del lunes 23 de diciembre sera la ultima del año y el miercoles 8 de enero reanudaremos las sesiones.

Un abrazo y felices dias

…Enorme es la fuente…

 

Enorme es La Fuente cuando el ser de la existencia se deja regar por lágrimas sin causa, y los agradecidos brazos se elevan, solos, automáticamente, penetrando los insondables cielos de la aurora. Consagrándose como Mundo. La

Ausencia, entonces, clama, fulge. Hace su aparición lo que jamás estuvo. La ausencia deviene Presencia. De ahí su imán.

Y constaté: sólo vislumbra el alba quien sabe –y no sin dolor- vislumbrar la noche.

Por eso, humildemente puedo afirmar cuán dócil a su reclamo misterioso, la luz amaneció en la quietud de mis escombros, hasta sentir su tacto. Cielo sin nubes. Ausencia del yo en la muerte de mi muerte. Desde ahí la Presencia.

…Adentrarse en el desierto…

Adentrarse en el desierto, lejos de oasis y espejismos; regresar a la sed, ahondar en la sed. Ser sed … No ansío lo que sé, ni lo que veo; más bien lo que no puedo ver ni se puede saber. Se hundirán las religiones, con sus templos, no mi sed de Absoluto

Llevado por mi sed de Tí
bebía yo de mi propio sudor,
mientras, desesperado, cavaba bajo el sol
en pos de un pequeño brote agua,
sin percatarme, torpe de mí,
de que el tan ansiado manantial
se hallaba en mi corazón.