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Nos encontramos caminando…

Nos encontramos caminando, hemos crecido juntos y nos hemos ayudado, reído, llorado, acompañado. Con nuestras luces y sombras nos seguimos juntado y gracias a esas luces y sombras, hemos comprobado que nos necesitamos para ser mujeres y hombres totales, hermanos universales. Nuestras luces y sombras, son como maestras para salvarnos con toda la humanidad y completar la creación del mundo.

Con nuestras luces y sombras, con nuestros aciertos y errores, nos amamos con todo  nuestro corazón, con toda nuestra alma, con todas nuestras fuerzas.

La presencia de cada compañero, codo con codo, con nuestras luces y sombras, nos interpela para engrandecernos, porque, al final, esa presencia compañera es un regalo de la Fuente de la Vida, una enviada, una pregunta de amor, una oportunidad de caminar a Unidad.

La presencia de cada compañero, con sus luces y sus sobras, es por la que el Amor se expresa, invita, enriquece, y mide nuestra capacidad de querer.

La presencia de cada compañero, con sus luces y sus sobras, es nuestro plan de cada día, nuestro pan de cada día, nuestra hostia consagrada itinerante. Y lo es porque habita en tu medio, la tienes codo a codo, vive y con-ive en tu mismo equipo de trabajo, siendo presencia de carne y hueso, persona de cuerpo y alma que con su nombre y apellido ha venido a servirte de maestra para crecer en edad y madurez, la dimensión adulta que nos faculta para amar sobre toda condición.

SEGUIMOS, SEGUIREMOS CAMINANDO POR SENDAS DE UNIDAD.

La madre de Alicia Martínez, tan nuestra, ha cambiado de forma.

Hay un silencio que pervive, cohabita, en la boca de quien se va, que sigue siendo lumbre y alba: aquello que insiste en ser,  e iluminar fuera del tiempo; Aquello que nunca acabará, pues no fue nunca.

 

El rostro de la madre de Alicia, tan nuestra, se anticipó con su expresión a sernos senda de eternidad.

 

Gracias Madre, por ser tan nuestra.

 

Gracias, Madre, por haber dejado en nosotros como herencia el rostro de la Infinitud.

 

Gracias, Madre, por habernos regalado a Alicia,

a nuestra Alicia del alma.

CIRCULAR DE PRIMAVERA

Primavera

Abdicar de sí, para toparse con el salvaje brote de la Vida. Despertar es dejar diluir en uno el hielo del invierno, hacerse nuevo brote; mejor aún: brotar, hacerse  Primavera.

A veces, muchas veces, es preciso apartarse a un lado, quitarse de en medio, para dejar que el milagro ocurra, allí, donde sopla el Gran Silencio.

Destituirse, para exprimir la presencia que emana de la ausencia, extrayendo de cada instante el zumo de su fulgurante inmensidad. Dejarse suceder en el presente, semilla del Fondo, donde resuena el galope de las formas que fluyen por la estepa del tiempo.

¡Ah, terrible y fascinante belleza, que al desaparecer te manifiestas. Instante seductor, en cuyos abismales recovecos estalla el relámpago de la muerte y la resurrección!

Lo que escribo del Zen no es lo que escribo. ¿Cómo decirlo? Me refiero a esa cosa (¿) que habita en la entrelínea del verso y sus palabras. Captar Eso, respetuoso y dichoso, es despertar a la Palabra que dice lo indecible.

Todo pensamiento está ya inventado, y se trata de romper con el martillo del Zen las cadenas que nos atan al laberinto de los conceptos.

Comprobar cómo llega un momento en el que el mundo se para, los nombres se des-nombran y des-bautizan, mientras el tiempo y el espacio se diluyen en la Presencia.

Entonces, ebrio del Ser, como del vino una cepa madre, el corazón humano celebra en sus latidos la Noticia.

Es un error pensar que el milagro pertenece sólo a lo desconocido, al mundo de lo extraordinario. El hecho milagroso, reside fundamentalmente en el mismo corazón de la vida cotidiana, de lo sobradamente conocido, de lo que se cumple en lo ordinario.

Por todo eso, es cuestión de “cambiar de anteojeras” y comprobar cómo la vida, que insta en cada instante, ella misma es un milagro omnipresente, una celebración de la creación, que, bajo un azul despejado de nubes, desea danzar bajo la brisa de lo nuevo, así lo vio el amigo Hugo:

 

El viento deshace

   las nubes

            y aparece azul,

          todo azul el cielo.

Hay un alma pero no está,

        hay que cavarla,

                   desbrozar todo lo que ella no es,                   

                          hasta que esté:

                                         hasta vaciarnos.